Si crees que Zaragoza es solo capital y bullicio, estás ignorando lo mejor de su provincia. A menos de una hora en coche, se esconden pueblos que parecen salidos de un cuento: calles empedradas, casas de piedra con flores en las ventanas, iglesias románicas que han visto pasar siglos y vistas que te dejan sin respiración. No son destinos masificados. No tienen tiendas de recuerdos en cada esquina. Son lugares donde el tiempo se mueve más lento, y donde la autenticidad no se vende, se vive.
Calatayud: la ciudad que se convirtió en pueblo de ensueño
Calatayud no es un pueblo, pero se merece estar aquí. Con más de 2.000 años de historia, es una mezcla de romanos, musulmanes y cristianos que dejaron su huella en cada rincón. Su casco antiguo es uno de los mejor conservados de Aragón. Camina por la calle Mayor y verás balcones de madera con geranios, fachadas con escudos nobiliarios y la imponente Basílica de Santa María, una joya del románico tardío con una torre que se eleva como una vela en el horizonte.
Lo que pocos saben: Calatayud tiene el mejor vino de la Denominación de Origen que lleva su nombre. Prueba un vino tinto de la zona, elaborado con garnacha, y entenderás por qué los lugareños lo consideran el mejor de la provincia. No lo compres en una tienda turística. Pídelo en una bodega familiar, como Bodegas El Pilar, y pídeles que te enseñen la cueva donde envejecen las botellas bajo tierra. Eso sí: no te vayas sin probar el chilindrón en la taberna La Cueva. Es un guiso de carne con pimientos, tomate y ajo, y lo hacen como nadie más.
Monzón: el corazón de la Ribagorza
Monzón es más que un pueblo. Es un puente entre la montaña y la llanura. Su castillo, construido sobre una colina, domina la ciudad y fue el escenario de importantes batallas medievales. Hoy, dentro de sus murallas, hay un museo militar que muestra armas de la Edad Media, pero lo que realmente importa es la vista desde la torre. Desde ahí, ves cómo el río Cinca se enrosca entre campos de cereales y olivos, y cómo los tejados rojos se alinean como piezas de un rompecabezas.
En Monzón, el mercado semanal del jueves es un evento social. Los agricultores traen queso de oveja curado durante meses, miel de montaña, y pan de hogaza que se hornea en horno de leña. Si llegas temprano, prueba el pan de Monzón: es más denso que el pan normal, con una corteza crujiente y un sabor a levadura natural. Lo comes con un poco de aceite de oliva y sal, y no necesitas nada más. Aquí, la comida no es un detalle. Es la raíz de la cultura.
Alquézar: el pueblo que se aferra a la montaña
Alquézar está en el corazón del Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara. No es un pueblo fácil de llegar. Hay que subir por una carretera estrecha que se enrosca entre acantilados. Pero cuando lo haces, te das cuenta de por qué vale la pena. Las casas están pegadas a la roca como nidos de aves. La iglesia de San Juan Bautista, del siglo XI, tiene una portada románica con esculturas que aún conservan sus colores originales.
En Alquézar, el tiempo se mide por las estaciones. En invierno, nieva hasta cubrir las calles. En verano, los turistas vienen para hacer senderismo por los cañones. Pero los vecinos siguen viviendo como siempre: con leña en la chimenea, huertos en las terrazas y gallinas que pasean por las plazas. No hay hoteles de lujo. Solo casas rurales que alquilan habitaciones con camas de hierro y mantas de lana. Si quieres dormir aquí, reserva con meses de antelación. Y si puedes, pide la habitación con balcón. Por la mañana, el sol se levanta sobre el valle y todo se ilumina como si fuera la primera vez.
La Almunia de Doña Godina: el pueblo que nunca se olvida
Este pueblo, a solo 30 minutos de Zaragoza, parece un lugar olvidado por el mundo moderno. Pero eso es lo que lo hace especial. Aquí, las fachadas de las casas están pintadas con colores suaves: amarillo pálido, verde menta, rosa claro. Las puertas son de madera tallada, y las ventanas tienen rejas de hierro forjado. En la plaza principal, una fuente de piedra sigue funcionando con agua de un manantial que nace en las colinas cercanas.
La Almunia es conocida por su feria de ganado, que se celebra desde el siglo XVIII. Pero lo que pocos visitantes descubren es su gastronomía. Prueba el arroz con conejo y caracoles, un plato que se cocina en olla de barro y se sirve con un vino blanco seco de la zona. No lo encontrarás en ningún restaurante de la capital. Solo en las casas de los vecinos, donde la receta se pasa de generación en generación. Si tienes suerte, alguien te invitará a comer. Acepta. No es solo una comida. Es una invitación a formar parte del lugar.
Belver de los Montes: el pueblo de las 12 fuentes
Belver de los Montes es pequeño. Menos de 200 habitantes. Pero tiene algo que pocos pueblos tienen: 12 fuentes naturales que surten de agua a toda la localidad. Cada una tiene un nombre: La Fuente del Molino, La Fuente de la Vera, La Fuente de la Senda… y todas están en perfecto estado. Caminas por las calles y escuchas el agua corriendo bajo tus pies.
En Belver, no hay supermercados. Los vecinos van a la tienda del pueblo, donde venden pan, queso, jamón y legumbres de su propia cosecha. El alcalde es un hombre de 78 años que todavía arregla las fuentes él mismo. Si quieres entender qué significa vivir en un pueblo sin conexión a internet, ven aquí. No hay wifi en la plaza. Pero sí hay silencio. Y en ese silencio, oyes el viento mover las hojas de los álamos, el ladrido de un perro, y el sonido de una campana que marca la hora de la misa.
Las Navas de Jadraque: el pueblo que desafía el tiempo
Las Navas de Jadraque está en la frontera con Guadalajara, casi olvidada en los mapas. Pero su iglesia, San Juan Bautista, es una de las más antiguas de Aragón. Su torre es de estilo mudéjar, con ladrillos rojos dispuestos en patrones geométricos. Dentro, hay frescos del siglo XIV que aún conservan sus colores. La gente del pueblo dice que los pintores que los hicieron fueron monjes que huyeron de una guerra.
Este pueblo no tiene ni un solo hotel. Pero tiene una posada que funciona como casa de vecinos. Allí, si llegas con tiempo, te ofrecen un plato de patatas a la riojana con chorizo casero. No es un plato típico de Zaragoza, pero aquí lo hacen con ingredientes de la zona. Y lo comen con vino de la bodega familiar, que no se vende fuera. Si te preguntan por qué no lo exportan, te responderán: "¿Para qué? Si ya nos sobra para nosotros?"
¿Qué necesitas para visitarlos?
No necesitas mucho. Un coche es imprescindible. La mayoría de estos pueblos no tienen tren ni autobús regular. Lleva ropa cómoda, calzado para caminar, y una botella de agua. No confíes en los mapas digitales: en muchas zonas no hay señal. Lleva un mapa de papel, o descárgalo antes en offline.
Reserva alojamiento con semanas de antelación. Las casas rurales se llenan rápido, especialmente en primavera y otoño. No vayas en julio si buscas tranquilidad. Es cuando los madrileños y catalanes vienen en masa. Mejor ven en mayo, septiembre o incluso noviembre. El clima es suave, y los pueblos vuelven a ser de los suyos.
Y lo más importante: no vayas a fotografiar y salir. Habla con la gente. Pregunta por la historia del molino, por quién fue el último panadero, por qué hay una cruz en esa esquina. Escucha. Los pueblos no se visitan. Se escuchan.
¿Cuál es el pueblo más bonito de Zaragoza?
No hay uno solo. Cada pueblo tiene su encanto único. Alquézar es el más espectacular por su ubicación en la montaña, Calatayud por su historia y arquitectura, y Belver de los Montes por su tranquilidad y fuentes naturales. Depende de lo que busques: si quieres historia, ve a Calatayud. Si buscas naturaleza, elige Alquézar. Si quieres paz, Belver te espera.
¿Se pueden visitar estos pueblos en un día?
Sí, pero no de forma auténtica. Puedes hacer una ruta rápida de dos pueblos en un día -por ejemplo, Calatayud y Monzón-, pero no te perderás el alma del lugar. Para sentirlos, necesitas al menos una noche. Dormir en uno de ellos te cambia la perspectiva. Ver cómo se apagan las luces, cómo se cierran las puertas, cómo el silencio se instala… eso no lo da un tour de dos horas.
¿Hay rutas de senderismo cerca de estos pueblos?
Sí, y es uno de los mayores atractivos. Alquézar da acceso al Cañón de Guara, con rutas como la del Río Vero, que tiene pasarelas colgantes y pozas naturales. Monzón tiene senderos hacia el Monasterio de San Juan de la Peña, y Calatayud se conecta con rutas por los viñedos de la D.O. Calatayud. No son rutas técnicas, pero sí requieren calzado adecuado. Lleva agua, protector solar y un mapa.
¿Cuándo es mejor visitar los pueblos de Zaragoza?
Primavera (abril-mayo) y otoño (septiembre-octubre) son los mejores momentos. El clima es suave, las flores están en pleno color, y no hay turistas en masa. En verano, algunos pueblos se llenan de gente de la ciudad, y en invierno, algunos servicios cierran. Pero si buscas soledad y nieve, diciembre y enero pueden ser mágicos -especialmente en Belver o Alquézar, donde la nieve cubre las calles y todo se vuelve silencioso.
¿Qué comida no me puedo perder?
No te vayas sin probar: el chilindrón en Calatayud, el pan de Monzón, el arroz con conejo y caracoles en La Almunia, y el queso de oveja curado en Monzón. También, el vino tinto de Calatayud y el vino blanco de La Almunia. En todos los pueblos, si te invitan a comer, acepta. La comida aquí no es un producto. Es memoria, es historia, es identidad.