¿Qué significa para ti viajar? No es solo cambiar de ciudad, tomar un avión o llenar el pasaporte de sellos. Es algo más profundo, más silencioso. Algunos lo sienten en el estómago antes de salir, otros lo descubren al volver y darse cuenta de que ya no son los mismos.
Viajar es deshacerse de la rutina, no solo de la geografía
La mayoría piensa que viajar es escapar del trabajo, del jefe, del tráfico. Pero lo que realmente se rompe no es la rutina diaria, sino la rutina mental. Cuando estás en un mercado en Marrakech, intentando entender el precio de una lámpara de cobre sin hablar árabe, tu cerebro deja de funcionar en modo automático. Deja de preguntarse "¿qué hago ahora?" y empieza a preguntarse "¿cómo funciona esto?". Esa pequeña pausa en el modo piloto automático es lo que cambia todo. No necesitas ir lejos. Basta con ir a un pueblo donde no te conozca nadie, donde no tengas tu café habitual, tu esquina, tu horario. Allí, sin darte cuenta, empiezas a observar. A escuchar. A preguntar.
El lenguaje que no se enseña en los libros
En Oaxaca, una abuela me enseñó a hacer mole sin receta. Solo dijo: "un poco de eso, un poco de esto, y lo que sientas que falta". No había medidas. No había instrucciones. Solo miradas y sonrisas. Eso es lo que viajar enseña: que muchas cosas importantes no se explican con palabras. El silencio en un templo budista en Bagan, el gesto de un pescador en las Azores que te ofrece pan sin pedir nada a cambio, el niño en Hanoi que te muestra cómo usar los palillos sin decir una palabra. Esos momentos no están en los guías turísticos. Están en el espacio entre lo que se dice y lo que se siente.
Lo que llevas no es lo que importa, lo que dejas sí
Muchos viajeros se preocupan por qué ropa llevar, qué adaptador comprar, cuánto dinero traer. Pero lo que realmente pesa al volver no son las compras, sino lo que dejaste atrás. Una conversación con un anciano en un bar de Lisboa que te contó cómo era vivir bajo la dictadura. Un paseo con un local en Cusco que te mostró el río que su abuela bendecía cada luna llena. Esa información no cabe en una maleta. Se queda dentro. Y cuando regresas, te das cuenta de que no llevaste souvenirs. Llevaste historias. Y esas historias te hacen más lento para juzgar, más paciente para escuchar, más curioso para entender.
El miedo que se convierte en confianza
La primera vez que viajé sola, tenía miedo de perderme, de que me robaran, de no entender el idioma. Me senté en una estación de tren en Sicilia, con un mapa doblado y sudor en las manos. Luego, una mujer mayor me ofreció agua, me señaló el tren correcto con la mano y se fue sin decir nada. Ese momento no estaba en mi plan. Pero fue el que me enseñó que el mundo no es tan peligroso como lo pintan. Que la gente, en su mayoría, quiere ayudar. Viajar te enseña que el miedo es un mapa equivocado. Y que la confianza no se gana en la seguridad, sino en el riesgo.
Lo que viajar no te da, pero sí te quita
No es un viaje si no te saca de tu zona de confort. Y no es un cambio si no te quita algo. Viajar te quita la certeza de que tu forma de hacer las cosas es la mejor. Te quita la necesidad de tener control. Te quita la idea de que todo debe tener sentido desde el principio. En la India, vi a una mujer lavar ropa en un río con un palo, mientras su hijo jugaba con una botella de plástico. No había lavadora, no había detergente. Pero había alegría. Y eso me hizo cuestionar qué era realmente necesario. No me volví más pobre. Me volví más claro. Viajar no te enriquece con cosas. Te limpia de ilusiones.
El viaje que no se publica en redes
Las fotos de playas perfectas, de desayunos en terrazas con vista al mar, de cafés con nombre en letras finas… son bonitas. Pero no son el viaje. El viaje real es el que no se filma. Es el momento en que te pierdes en un barrio de Budapest y terminas en un apartamento donde te invitan a cenar con tres generaciones de una misma familia. Es el tren nocturno en Vietnam donde compartes arroz con un hombre que no habla inglés pero te enseña a comer con palillos usando solo sus ojos. Es la lluvia repentina en un pueblo de Andalucía que te obliga a refugiarte en una tienda de ultramarinos y terminas hablando de fútbol con el dueño durante dos horas. Eso no se vuelve viral. Pero se queda contigo.
¿Y tú? ¿Qué te lleva a moverte?
Algunos viajan por curiosidad. Otros por huir. Algunos porque creen que encontrarán algo. Pero los que regresan diferentes, los que cambian de mirada, los que dejan de decir "yo siempre he hecho así"… esos viajan porque necesitan recordar que el mundo es más grande que su vida. Que hay otras formas de ser, de amar, de vivir. Que no hay una sola manera de hacer las cosas. Que el silencio en un templo puede decir más que mil palabras. Que el calor de un extraño puede calmar más que un abrazo familiar.
Viajar no es un hobby. No es un lujo. No es un post en Instagram. Es una forma de volver a nacer, sin tener que dejar de vivir. Es un recordatorio silencioso de que no estás solo, y que el mundo, en su locura, sigue funcionando con pequeños actos de gentileza que nadie graba. Por eso, cuando alguien te pregunta qué significa viajar… no respondas con lugares. Responde con lo que dejaste atrás. Porque eso, eso es lo que realmente llevaste.
¿Viajar solo es peligroso?
No más que vivir en cualquier ciudad grande. El peligro real no está en estar solo, sino en creer que el mundo es hostil. Las personas que te ayudan en el camino -el taxista que te lleva al lugar correcto sin cobrarte de más, la anciana que te da agua cuando te ves perdido- son más comunes de lo que piensas. Lo que necesitas no es seguridad absoluta, sino observación. Fíjate en cómo se comporta la gente, qué lugares llenan de vida, cuáles evitas. Confía en tu intuición, no en los mitos. Viajar solo no te hace más vulnerable: te hace más atento.
¿Hay que viajar lejos para que valga la pena?
No. Un viaje no se mide en kilómetros, sino en cambios internos. Puedes ir a un pueblo a 30 minutos de casa, quedarte en un hotel barato, comer en un mercado local y no hablar con nadie que conozcas. Si ese día te obliga a salir de tu cabeza, a ver lo cotidiano como algo nuevo, ya fue un viaje. Muchos descubren que lo que buscaban en Japón o Perú, lo encontraban en un pueblo de Sierra Nevada, en una calle sin nombre, en un café donde el dueño te saluda por tu nombre la segunda vez que vas. La distancia no importa. Lo que importa es si te saca de ti.
¿Qué pasa cuando vuelves y todo parece igual?
Es normal. El mundo no cambia cuando regresas. Tú sí. A veces, lo que ves es lo mismo, pero tú ya no lo miras igual. La gente sigue con su rutina, el tráfico sigue igual, tu trabajo sigue siendo el mismo. Pero tú ya no te quejas por lo mismo. Ya no te frustras por una cola larga. Ya no te sorprendes por un servicio lento. Has visto cómo otros viven con menos, con más calma, con más conexión. Eso no se ve. Pero se siente. No necesitas cambiar tu vida de inmediato. Solo necesitas recordar que otra forma de vivir existe. Y eso, con el tiempo, te cambia.
¿Viajar te hace más feliz?
No siempre. A veces, viajar te hace sentir más solo, más perdido, más incómodo. Pero lo que sí hace es hacerte más humano. La felicidad no es el objetivo. La claridad sí. Cuando ves cómo otras personas viven, trabajan, aman, duermen, te das cuenta de que tu sufrimiento no es único. Tu alegría tampoco. Viajar no te da felicidad. Te devuelve la capacidad de verla, incluso cuando no está en los lugares que esperabas.
¿Cuánto hay que gastar para viajar con significado?
No necesitas mucho. Lo que importa no es el presupuesto, sino la intención. Puedes viajar con 20 euros al día, dormir en hostales, comer de la calle, usar transporte público. Lo que te cuesta es tu comodidad, no tu dinero. Los viajes más profundos suelen ser los más simples: un tren nocturno, una caminata por un valle, una conversación en un parque. El dinero no compra la transformación. La apertura sí. Si estás dispuesto a salir de tu zona de confort, incluso un viaje de tres días puede cambiar tu perspectiva para siempre.
¿Qué sigue después de volver?
No hay un final en el viaje. Solo un nuevo comienzo. Cuando regresas, no tienes que convertirte en un viajero profesional. Solo tienes que recordar. Recordar que el mundo no gira alrededor de tu rutina. Que la gente, en cualquier parte, busca lo mismo: conexión, respeto, un lugar donde sentirse en casa. Si guardas eso, no necesitas volver a salir. Solo necesitas abrir los ojos donde estás. Porque el viaje no termina cuando compras el boleto de regreso. Termina cuando dejas de ver el mundo como algo externo. Y lo empiezas a ver como parte de ti.
Miguel McMinn
noviembre 28 2025Viajar es cuando te pierdes en un barrio de Sevilla y terminas tomando cañas con un tío que te cuenta cómo era la guerra civil sin que nadie te lo haya enseñado en el cole
Y sí, el mundo no es tan malo como dicen los medios
Y no, no necesitas un vuelo a Bali para sentirlo
Yo lo hice en un pueblo de Cáceres con un abuelo que me enseñó a hacer migas con un huevo y una sonrisa